Una vez tuve un pajarito, lo amaba más que a mí misma. Cada día despertaba con su canto alegre, cantaba para mi, para verme. Un día se me acercó tanto que lo acaricié, a ambos nos gustó ese contacto, así que cada día no sólo cantaba para mi, también entraba por mi ventana, dejando atrás el bosque, los árboles, las flores, otros pájaros, las ramas... y parecía que era el ser vivo más feliz del mundo, aún más feliz de lo que yo era teniéndolo a mi lado. Me hacía feliz sólo ver que vivía para mi.
Pero poco a poco se fue cansando, mientras yo esperaba ansiosa que entrara por la ventana y pasara el día conmigo, él se quedaba admirando el horizonte, las flores, escuchando el viento entre las ramas, y después de un rato entraba por la ventana, cantaba un poco y se ponía inquieto, como aburrido. Después dejó de ir a mi ventana todos los días y cuando iba a veces sólo se quedaba en el marco, ya no entraba a mi regazo. No sabía qué hacer, eso me ponía muy triste. A veces pasaban semanas sin que entrara a mi habitación. Poco después mi vida se fue volviendo insípida, pues no tenía lo que más me alegraba los minutos. Cuando el pajarito quiso entrar de nuevo y posarse en mi regazo, yo estaba enmohecida, mis manos inmóviles y la mirada triste y fría, había sentido mucho dolor al ver que ya no era lo primero que él buscaba en la mañana. Él no entendió ese dolor y decidió dejarme sola por un tiempo. él siguió cantando de rama en rama, viendo las flores, escuchando el viento y tal vez hasta cantando en otras ventanas. Nunca lo sabré, la tristeza mató mis ganas de salir con él al bosque a ver las flores y escuchar su canto. De vez en cuando mis ojos lloran, mi mente se llena de recuerdos maravillosos y el corazón se estremece. Algunos días, él se acerca de nuevo a mi ventana, y por dentro qusiera que entrara a posarse en mi regazo, pero sé que es más feliz volando de rama en rama, así que sólo le sonrío amablemente y dirijo la mirada al horizonte.
viernes, 28 de agosto de 2009
lunes, 24 de agosto de 2009
domingo, 23 de agosto de 2009
Momentos del día
Los momentos que hacen que una hora o unos minutos se vuelvan placenteros en mi día suelen ser cuando despierto llena de energía o de pereza, pero de buen humor. También cuando tomo café en la mañana, más tarde la ducha, después el momento de ver a mis amigos, y finalmente el momento en que muero de sueño y caigo en un estado de paz tendida en mi cama. Esto hace que las horas pasen desapercibidas, o que sean discretas, pues entre tantos deberes dentro y fuera de casa, aproximadamente cada 3 horas uno de estos sucesos ocurre y hace que las horas anteriores parezcan ligeras y que las futuras se vean atractivas. Pero hay cierto tipo de acontecimiento que ocurre indefinidamente, de forma inusitada... como las llamadas que hacen que el ritmo cardiaco se acelere, que las pupilas se dilaten y que los labios sonrían (soríe el cuerpo entero, de hecho). Este tipo de sucesos ocurren cuando uno menos y más lo espera, pero siempre son bienvenidos, sin importar la hora, la situación, el estado del tiempo, etc. Estos momentos son los más memorables de cada día, pues son capaces de darme felicidad por horas y horas, son como una descarga de energía. Unos minutos reponen y restauran horas y a veces incluso días.
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